AUDIOCUENTO: Me nublé

Me nublé. Como la otra vez. ¿Qué será? Solo veo nubes grises y gordas. Se me desató la tormenta. ¿Dónde estarán atadas las tormentas? Los postes en la tierra sirven para atar, no sé si tormentas, hermanitos sí.
Un día estábamos en la vereda y mamá nos cuidaba. Entonces se acordó de que tenía que llamar por teléfono a la abuela y me dijo que volvía enseguida y que mirara muy bien a mi hermano.
Así me dijo: MUUUUUUUUUUUY bien, estirando la U como un chicle.

Yo quería hacerle caso, pero mi hermanito andaba de acá para allá
con su triciclo y no podía mirarlo MUUUUUUUUUUUY
bien, entonces lo até. Con la manguera que hay en el jardincito del
frente de casa. Así podía mirarlo con la U estirada.

No sé por qué mamá se enojó tanto cuando volvió.
Me retó y me dijo que por qué lo había atado a un poste.
¿Habrá postes de tormentas en el cielo?

Sigo nublada, ¿será porque anoche comí milanesas?
¿Puede irse a los ojos el pan rallado y ponerlos como tormentas?

Las tormentas me gustan porque me enseñan cosas.
Una vez aprendí todas las malas palabras del mundo gracias
a una tormenta. Volvíamos del cine con papá y no guardó el auto
porque dijo que tenía que volver a salir. Entonces se largó a llover.
Y después empezaron a caer piedras del cielo, como pelotas de tenis,
solo que más duras. Ahí fue que papá empezó a decir todas las malas
palabras del mundo y me las aprendí y anoté en un cuaderno para no olvidármelas.

¿Por qué les dirán malas palabras? Para mí que las palabras no
pueden ser malas. Mala es Julieta que no me invitó a su cumpleaños.
O mi primo Fede que me carga todo el tiempo.
Las nubes no se van, duran más que la otra vez. ¿Qué tendré?
Debe ser porque ayer cuando lo saqué a pasear a Toto hizo pis en el árbol de la señora de la esquina.
Es una bruja esa señora y seguro que me embrujó porque no le gusta que Toto haga pis en su árbol.

Las letras me salen torcidas. Como los dientes de Lucía. Los tiene tan torcidos que la llevaron
a un dentista y le puso unos alambres para que se le pongan derechos. Cuando se ríe parece una tostadora.
Ella dice que no le importa porque cuando le saquen esos alambres va a tener los mejores dientes del mundo, como los de las propagandas de dentífrico. Para mí que eso no es cierto, porque los dientes de
las propagandas son de plástico como los de mi abuela. Si se me tuercen los míos quiero unos como los de mi abuela porque no quiero tener una tostadora en la boca.

Me encantan las tostadas con dulce de leche, pero ahora no como más
porque la tostadora se rompió. Un día mamá fue a preparar el desayuno
y cuando la prendió, ¡paf!, empezaron a salir fuegos artificiales
de la tostadora y después se cortó la luz. Mi papá la revisó
y encontró un autito de mi hermano adentro y dijo
que había hecho un cortonosequé y se había quemado.

Por más que me refriegue los ojos, las nubes no se quieren ir.
¿Será lo que me contó el abuelo que le pasó a papá cuando
era chico? No quiero que sea eso. Le voy a tener que decir a
la seño que estoy nublada. Hoy se le dio por pasear entre los bancos.
¿Le digo o no le digo? Si no le digo, me va a poner una mala nota.
Y si le digo, le va a contar a mamá para que me lleve al oculista
como lo llevaron a papá cuando era chico.

—Delfina, ¿por qué no terminaste la tarea?

—Se me nublaron los ojos, seño.

—Ya me parecía que te los refregabas mucho. Dame el cuaderno
de comunicaciones así les aviso a tus padres para que te lleven al oculista.

Soné. Me van a llevar. Puedo aprenderme de memoria
las letras que hay que leer en el doctor, como me contó Sofía.
Y si no da resultado, le voy a pedir a mamá que me
compre los anteojos como los de Sofi, son relindos.


María Inés Garibaldi