AUDIOCUENTO: EL SECRETO


Después de comer, en el patio de la escuela,
a Agustina se le escapó un secreto.

—Te lo digo solo a vos. No se lo cuentes a nadie —le susurró
a su más más amiga.
—Dale, contame —pidió su más más amiga acercando la oreja.
Agustina entonces abrió la boca y…
—Bzbzbzbzbzzzzz…

Apenas el secreto se sintió libre, se subió a una pluma de paloma que pasaba por ahí. Agustina y su más más amiga lo vieron, dieron manotazos desesperados, gritaron cosas como “ahhhh” y “uyyyyy”, pero no pudieron hacer nada. Tanto se alejó el secreto que las veía cada vez más chiquitas, como cabecitas de alfiler. Aliviado de no haberse perdido adentro de una oreja, se recostó sobre la pluma y durmió la siesta. Al principio, el viento tranquilo empujó a la pluma con calma de brisa. Pero al rato, furioso, comenzó a arrastrarla cada vez más fuerte, con resoplidos de huracán.

Al secreto no le gustó ni un poco que la pluma se agitara de acá para allá y de allá para acá… Y como ya se sentía un poco mareado, saltó a la rama del primer árbol que encontró para descansar de tanto vuelo. Y se quedó quieto. Tan quieto que
se aburrió.

Pero en un árbol siempre pasan cosas, y este no era una excepción: un jilguero se paró a cantar un rato. El secreto aprovechó, entonces, para acomodarse entre las plumas del pájaro y emprendió otra vez su viaje con él.
El jilguero aterrizó, al ratito, en la fuente de la plaza para tomar agua. El secreto vio pasar a un hombre bajito y aprovechó para saltar a su sombrero, porque ya estaba un poco cansado de volar
en las alturas.

Junto con el hombre de sombrero (o encima de él) subió a un colectivo. En pleno viaje por las calles
que acariciaba el sol, el secreto empezó a extrañar a su dueña (porque todos los secretos tienen dueño). Y decidió regresar.

En un semáforo, saltó al casco de un motociclista. En otro semáforo, saltó al hombro de un taxista.
En otro, al changuito de una señora que cruzaba la calle. Montado en changuito, llegó hasta el supermercado. Y al supermercado entró lamamá de Agustina.
Loco de contento, el secreto vio la oportunidad de volver a casa:
hizo una pirueta y brincó a su cartera. A las cinco Agustina
llegó de la escuela. Estaba tan cansada que ni se dio cuenta
de que el secreto la espiaba escondido en los rulos de la mamá.

—¿Les contaste a tus amigas que vas a tener un hermanito?
—le preguntó la mamá mientras servía la merienda.
—Pero… ¿no era un secreto?
—No, Agus. Se te ocurre cada cosa —dijo la mamá.

Ahí nomás Agustina vio al secreto debajo de
la servilleta; parecía triste, a punto de desaparecer
—No te preocupes —le susurró Agustina a
su secreto para animarlo—. Te voy a decir de quién gusto
y esta vez no se me escapa ni media palabra.

Andrea Braverman