EL GATO DE LA VECINA

En ese barrio, siempre pasaban cosas raras. Más que raras. Rarísimas.
Como esa vez, cuando al gato de la abuela Lucía se le ocurrió treparse
a la punta más alta del árbol de la vereda. Ya sé que no tiene nada de
raro que un gato se trepe a la punta más alta del árbol de la vereda.
El problema era que el gato no se quería bajar.

Ya sé que no tiene nada de raro que un gato que se trepa a
la punta más alta del árbol de la vereda no se quiera bajar.
Pero su dueña, preocupada, les pidió ayuda a los vecinos.

Ya sé que no tiene nada de raro que se preocupe y pida ayuda
a los vecinos la dueña de un gato que se trepa a
la punta más alta del árbol de la vereda y no se quiere bajar. Pero es que allí, justamente, empezaron las cosas raras, porque todos los vecinos se ofrecieron para darle una mano a la abuela. Ya sé que no tiene nada de raro que todos los vecinos se ofrezcan para ayudar a una abuela que está preocupada porque su gato se trepó a la punta más alta del árbol de la vereda y no se quiere bajar. Pero, en cualquier otro barrio, los vecinos hubieran ido a buscar una escalera para rescatar al gato. En este barrio, no. Porque los vecinos eran un poco raros. Más que raros. Rarísimos.

Por eso, para hacer bajar el gato, al panadero se le ocurrió traer su caña de pescar. Pero por más que lanzó el anzuelo, no pudo pescar al gato.

Entonces, al carnicero se le ocurrió traer una red para cazar mariposas. Pero por más que la movió de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, no pudo cazar al gato.

Entonces, al verdulero se le ocurrió usar un salvavidas con forma de patito. Pero por más que lo arrojaba por el aire, no pudo salvar al gato.

Entonces, al barrendero se le ocurrió poner un balde en la punta de un palo de escoba y acercarlo hasta la rama. Pero por más que lo acercó, no pudo hacer entrar al gato.

Entonces, a la maestra se le ocurrió traer la hamaca del colegio para llegar hasta allí arriba. Pero por más que se hamacó, no pudo atrapar al gato.

Entonces, al médico se le ocurrió traer los cubos de juguete de sus hijos para hacer una torre bien alta. Pero por más que puso un ladrillo rojo sobre otro verde
y un cubo amarillo sobre otro azul, no pudo alcanzar al gato.

Entonces, al policía se le ocurrió hacer una pirámide humana, pero por más
que el farmacéutico se subió a caballito del vendedor de diarios y
el vendedor de diarios se subió a caballito del almacenero y
el almacenero se subió a caballito del mecánico y el mecánico
a caballito del cartero y el cartero se subió a caballito de cinco bomberos,
al gato no lo pudieron alcanzar.

Fue entonces cuando a la cocinera se le ocurrió traer una lata de sardinas.
El olorcito trepó hasta la punta más alta del árbol muy rápido,
como un hilo de sabor, y le hizo cosquillas al gato en el hocico.
El michifuz movió los bigotes para un lado y para el otro, y despacito,
despacito, se puso de pie, se estiró y bajó del árbol. Enseguida,
por supuesto, empezó a comer las sardinas,
porque después de tanto tiempo de estar arriba del árbol, tenía hambre.

La abuela, contentísima, abrazó a su gato y agradeció la ayuda a todos. Porque, claro, eran muy buenos vecinos, aunque hacían cosas raras. Más que raras. Rarísimas.

Liliana Cinetto, El gato de la vecina,
Longseller, 2014.